BIENVENIDOS. LOS INVITO A INGRESAR A UN MUNDO MÁGICO DONDE EL ARTE ES LA MISMA NATURALEZA.

"NUNCA ANDES POR EL CAMINO TRAZADO, PUES TE CONDUCIRÁ ÚNICAMENTE HACIA DONDE LOS OTROS FUERON". (Alexander Graham Bell)

lunes, 3 de febrero de 2014

COLAPSO AMBIENTAL. CUENTO.

COLAPSO AMBIENTAL.

Reality show de una escritora.
(Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia).

Las primeras luces del alba se cuelan por la ventana. Aún no suena el despertador programado puntualmente para las 6 de la mañana. Es domingo de elecciones y ella espera encontrar en el campo un espacio de paz para crear.
La noche la sorprendió varias veces despierta tratando de armar el rompecabezas del sin fin de actividades de los próximos días.
En el cuarto contiguo se silencian las voces de su hija adolescente y de su amiga Sofía que se quedó a pasar la noche para charlar y mirar películas. Para ellas es la hora de dormir…
No deja que la alarma del reloj suene, enciende la radio para escuchar las noticias previas a la jornada electoral. Pero escucha muy mal, hoy amanece más sorda de un oído por la fastidiosa cera que las gotas que le recetó su doctor amigo aún no disuelve. “Una semana”-le dijo. Paciencia… debe esperar, pero ella no puede soportar la espera, necesita escuchar las noticias como todas las mañanas, para colmo la interferencia casi permanente a su radio preferida ya se ha hecho crónica.
El fastidio crece, apaga la radio y se levanta. Al costado de la cama, su mascota de 10 años, la observa con sus bellísimos ojos azules pero no abandona el confortable colchón de tela roja con estampas de patitas.
Cumple con el ritual de todas las mañanas: lavarse la cara, ponerse crema, las gotas en la vista, tomar unos mates mientras ejercita los 20 minutos en la bicicleta fija. Y piensa, piensa y piensa… tiene una calesita en la cabeza, donde todas las actividades giran y giran sin acomodo alguno. Se esfuerza por ordenarlas y desiste al darse cuenta que está sobrepasada.
Abandona la bicicleta, se dirige a la cocina para desayunar, tomar los medicamentos y las semillitas de todo tipo para mejorar la salud. La mañana primaveral ya vive en la luz plena que ilumina los coloridos malvones de su jardín, la intensamente florida Santa Rita roja del rincón preferido y el silencio magnífico de esa hora tan especial de los domingos por la mañana relaja el espíritu. Un aroma a azahar la embriaga, apura las actividades, quiere llegar temprano al campo, a su lugar para escribir algo y armar parte del rompecabezas.
Se viste, arma la cama, saca a su mascota al patio, recoge sus apuntes y parte. Son las 8 de la mañana. Hace los 10 kilómetros escuchando la radio del auto, por suerte ya escucha mucho mejor. No se apura demasiado porque hay bastante arena en el camino. Es mejor conducir despacio en la soledad magnífica de la mañana.
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Ahora se encuentra tranquila, bajo los altos sauces, escribiendo un cuento. Se escucha un concierto de aves canoras y el sonar imponente del viento entre las hojas. Sí… porque la soleada y fresca mañana de primavera se ha ido transformando en una mañana ventosa.
No importa, ella escribe y escribe sin parar. En eso está cuando entra un mensaje al celular. Número desconocido. Lo lee igual: “buenos días hermosa, ¿Cómo estás?, deseo de corazón que cumplas todos tus sueños hoy y siempre. Te quiero”. Analiza el número, imagina y recuerda, es él, su último amor con el que terminó hace seis meses mal y lo había borrado de sus contactos como también de su mente, envuelta en la vorágine de actividades en las que se fue metiendo después. Ese mensaje que llega en un momento tan inoportuno le hace mal. Revive los terribles días que vivió cuando decidió alejarse de él definitivamente después de un episodio violento que le puso el punto final a una relación que la estaba asfixiando, quitándole su tan apreciada libertad. Fueron varios días de amenazas, de un acoso permanente que sólo logró frenar con una denuncia policial. Poco a poco dejó de perseguirla, poco a poco ella logró borrarlo de su vida, de su mente, de su corazón… no resultó fácil pero tampoco tan difícil como imaginó. Y ahora ese mensaje para romper el silencio. Prefiere seguir en lo suyo, olvidar… “nunca más volverá a hacerme daño, él ni nadie, porque no lo permitiré” –piensa. No contesta, vuelve a escribir, no quiere parar.
 Cuando se da cuenta, han pasado los minutos y debe regresar al pueblo porque en poco tiempo empieza la final de tenis que no desea perderse porque juega el mejor tenista del país con el que quizás sea el mejor de la historia. Y ella, aficionada a ese deporte, no puede dejar de verla, es su espacio de tiempo libre.
A la tarde  concurrirá a votar, a la tarde se pasará la tintura antes de que las canas la invadan. A la tarde terminará de armar su agenda semanal. A la noche terminará de escribir… o tal vez mañana, después de encargarse de buscar al plomero para que arregle la pérdida molesta en la base de la pileta del baño y de la base del inodoro. Ah… no debe olvidarse de subir al techo para verificar que el último trabajo que hizo el techista esta vez dé resultado después del quinto intento fallido en varios meses. Y esa gotera que se fue multiplicando día a día para trastornar su mente forme parte del pasado, y argumento para algún relato o cuento que un día escribirá. Pero para saberlo… tendrá que esperar la próxima lluvia. Esperar, esperar… escribir, escribir… hacer, hacer… así es su vida, porque está sola y hace años que se acostumbró a esa mescolanza de actividades.
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Lunes. Dedica el día para coordinar las actividades de la próxima Feria del Libro que será en pocos días. Visita algún auspiciante, al diseñador que hará el banner de la Sociedad de Escritores, a la imprenta para el presupuesto de unos caligramas que piensa presentar y de la invitación personal para la presentación de su libro de cuentos. Termina de corregir la prueba de galera de su próximo libro, completa los formularios para la edición de 5 páginas de la Antología de una editorial de Rosario, realiza su caminata diaria que desde hace años viene haciendo para mejorar su salud y conectarse con la naturaleza, cocina lo que puede y como puede por el poco tiempo que tiene. Manda un mensaje por el facebook a varios compañeros escritores sobre el tema de la Feria, deben estar en permanente contacto esos días. Aprovecha para coordinar la visita del profesor del taller literario que vive en una ciudad vecina para que presente su espectáculo de versos y payadas en la Feria; como lo encuentra conectado, hablan y llegan a un acuerdo, sólo faltan unos detalles. También manda mensaje a Braulio, encargado de Medio Ambiente para preguntar en qué lugar de la ciudad se plantarán los árboles con motivo de la presentación de libros en la Feria ya que desde hace 2 años ella forma parte del movimiento de ecopoesía, devolver a la naturaleza el papel que los escritores consumen al publicar. Y eso, para ella es muy importante ya que gran parte de su vida de escritora ha estado inspirada y dedicada a defender al medio ambiente por medio de la palabra escrita, de las pinturas realizadas, de sus composiciones musicales en época que estudiaba composición. Braulio le dice que podrían plantar sauces, o tal vez paraísos, le parece bien y piensa en el próximo paso.
Se acuerda que tiene que ir a hablar con Laura  (la chica que alquila la casa que heredó de sus padres)  para definir con ella los gastos que demandarán pintar el frente y el patio. Laura es una chica muy minuciosa en el cuidado de su hogar, es decoradora y le gusta tener todo lindo estéticamente. Es hiperactiva, y al igual que ella, ama la estética y por eso colabora porque es en beneficio de” su “casa. La ve en el negocio y enseguida llegan a un acuerdo, también consigue que auspicie la Feria del Libro con su negocio de decoración y regalería.
Por la tarde concurre al Museo de Arte para retirar los cuadros de su última exposición que culminó el día anterior. La agobia el calor, y un viento persistente que altera sus nervios. Le pide a su hija que la ayude, en media hora terminan. Embala los cuadros y en tandas de dos viajes con el auto los regresa a todos a su taller. Ordena un poco y separa los que donó al Museo para repasar los datos que con el tiempo se borraron y luego los regresará al mismo para que formen parte de su colección. Se siente satisfecha, misión cumplida… ordena los folletos que sobraron, guarda el libro con los recuerdos de los visitantes que no fueron muchos como se esperaba pero no importa, nunca importó, ella hace las cosas por sí misma y para sí misma, esa es su misión en esta vida. Luego prepara unos mates.
El día resultó largo y provechoso. Pero lo termina bien, aunque cansada. Se duerme pensando en la reunión del martes con cultura municipal para definir el lugar y programa, más otros muchos detalles de la próxima Feria del Libro en su ciudad.
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Por la noche, en algunos de sus momentos de insomnio recuerda la visita inesperada de un colibrí que apareció revoloteando en su pieza cuando ella hacía la siesta el domingo. Se sobresaltó al abrir los ojos y verlo, primero creyó estar ante un murciélago (un poco influenciada por las historias de los libros de vampiros que su hija lee apasionadamente, y le cuenta luego, ella también ha leído algunos), pero cuando descubre ya más despierta que es un dulce colibrí o picaflor, se tranquiliza. Después busca muchos datos en internet sobre estos episodios. Generalmente son de buen augurio, aunque hay leyendas más inquietantes. Ahora piensa “¿habrá sido de buen augurio, o traerá desdicha a mi vida”? Es positiva por naturaleza, después de darle vueltas al pensamiento termina convenciéndose  que tiene que ser para bien que un ave tan diminuta, ágil y maravillosa la visite. Al poco tiempo comprobó que estaba equivocada… y cómo! Toma nota: será el argumento de un próximo cuento. Y se duerme…

Los días transcurren sin sobresaltos, cumpliendo con todas las tareas que indica su agenda. De todos modos se inquieta al recordar una y otra vez que no pudo llamar al plomero ocupada en otras cosas. Sí hace el llamado a la Acopiadora de cereales por el pago que quedó pendiente de hace unos meses. Le contestan lo mismo de siempre, que siguen atravesando una situación difícil y que es su deseo pagar a todos pero no saben cuándo podrán. Ya hace tiempo que ella dejó de angustiarse por ese tema, por lo tanto sigue con su vida sin pensar demasiado, “ya se pondrán al día con la próxima cosecha”- -piensa.
Llega el recibo del impuesto inmobiliario rural. Lo guarda sin mirar demasiado, sólo que hay un aumento. Cuando ya más tranquila vuelve a mirarlo se da cuenta que no le han hecho la bonificación por buen cumplimiento. Lee y relee, sabe que no tiene deuda, se dirige a la oficina de catastro municipal, la empleada le explica que abajo hay una leyenda que dice “falta regularizar DDJJ” (algo que en su aturdimiento no llegó a ver), y la manda al contador. Luego que cargue los datos en la página de internet, tiene que volver por un nuevo recibo. Se dirige al contador, no se encuentra, el secretario le dice que no es la única, que deje el recibo ellos  harán el trámite. Lo increíble –le comenta- es que hace tiempo se subieron los datos y seguro hubo un cruce de los mismos, porque están emitiendo las facturas así, a propósito para ver si alguien cae y pierde la bonificación que es bastante. Pero no fue tan sencillo, tuvo que cargar la clave fiscal de su padre fallecido porque  sigue a nombre de él  ya que para hacer el cambio tiene que pagar un dineral y con lo que recauda cada año se le complica más y más.. No es su único caso, es una treta más del gobierno voraz que se lleva en impuestos de varios tipos el 70% de la producción del campo. Se amarga, pero hace varios años que viene sufriendo la situación y ya siente que no vale la pena afligirse por algo que parece no tener solución. La descapitalización ya es un hecho.
Como el precio de la hacienda comenzó a recuperarse, esperará unos días más y tendrá que vender…no le queda opción, tiene que afrontar los gastos que se avecinan, hablará con su socio y tomarán la decisión juntos, como siempre fue a lo largo de los 15 años de relación en el manejo del campo.

Decide hacer una nueva visita a su psicóloga para hablar de los últimos acontecimientos, nada nuevo, nada que ella no sepa ya de su vida y de sus miedos, fobias y obsesiones. Hace varios años que va, ya más que nada por inercia, cuando siente que necesita hablar con alguien, a la psicóloga le agrada escucharla y muchas veces le lee algo que escribe; sin duda, lo que para ella fue, es y será la mejor de las terapias es escribir. Analizan los sueños, está en una etapa de descubrir aspectos de otras vidas pasadas que la ayuden a resolver traumas y relaciones en ésta. Resulta simple analizar la vida a través del arte, y muchas veces tiene que escuchar a su hija con su frontal forma de vivir, sus estudios, sus sueños de futuro, los conflictos con su padre que vive en la capital y al que también tiene que escuchar en sus continuas frustraciones de pareja. A sus primas que son hermanas pero tan distintas. Aconsejar a una, aconsejar a la otra… y siempre está en el medio. Trata de ser neutral, pero a veces no se puede, y ella ya ha decidido correrse de ese lugar.
La semana pasa, se acerca la próxima reunión de escritores para terminar el armado del programa de la Feria del Libro y los miles de detalles a tener en cuenta. Detalles que les seguirán ocupando hasta el día de la apertura.
Los acontecimientos se precipitan en su vida. La tormenta anunciada Berta está por llegar. Locuras del periodismo del sur de poner nombre a los fenómenos meteorológicos severos como hacen con los huracanes en el norte. Pero acá son otro tipo de tormentas, sólo logran crear una psicosis de miedo y alerta en la gente. Se sabe que el Medio ambiente del planeta está alterado y los fenómenos son más virulentos pero no está bien inducir al miedo. No está bien. Su hija tiene que viajar a la capital. Espera y desea que llegue antes que “Berta”. Quizás, por fortuna, se rompe el micro antes de salir, tratan de arreglarlo sobre la hora sin éxito. Llega otro, buscan solucionar el problema usándolo para hacer arrancar al primero. Y también se rompe. Ahora hay que esperar más…la imagen es patética, el cielo oscuro amenaza con algo malo. Su hija entra en cólera y cambia el pasaje para el otro día.
Regresan a la casa, el tiempo pasa mientras comentan lo mal que está funcionando la empresa de micros. Cenan, miran televisión y se acuestan. La lluvia no comienza, demasiada quietud en la atmósfera. Se duerme con miedo, teme a la gotera, tiene un presentimiento, no tiene fe que el último retoque funcione. Reza, pide, da gracias a Dios porque su hija está con ella y no en viaje. Esa noche no desea estar sola. Una inquietud extraña la envuelve. A la 1.30 de la madrugada despierta, escucha caer la lluvia sobre el techo de chapas, va al baño, mira por las ventanas de cada lugar de la amplia casa, pero comprueba que llueve con calma, no hay truenos ni relámpagos. Solo llueve… y llueve y llueve. Se acuesta, ya no duerme, no puede dormir, está alerta. Reza, implora, la lluvia se intensifica un poco más. Pasan las horas, a las 3.30 comienza a caer agua en el lugar de siempre, junto a la puerta del cuarto. Se le acelera el corazón, ya  no cree en nada, una vez más tendrá que sufrir y se quedará sin dormir. Va por el ritual de siempre, un trapo de piso arriba del fuentón para que atenúe el ruido. Se acuesta, no soporta el sonido continuo, el repiqueteo monstruoso del agua al caer. Al rato se levanta con una linternita y verifica cómo se ve el techo, ya hay goteras por otro lado, busca un balde, dos palanganas y trapos, más y más trapos. Se asoma al cuarto de su hija, ella duerme ajena a su drama. Vuelve a acostarse, supone que se duerme un rato porque cuando despierta a eso de las seis de la mañana confundida y escucha que sigue lloviendo y goteando, redescubre la realidad, “su” realidad.
No puede estar más en la cama, se dirige al baño, agua por todos lados, limpia, acomoda y siente que ya no puede más, las lágrimas la vencen, pero sigue luchando. Luego en la cocina, ya más tranquila, prepara el mate y con él se refugia en el sector lejano de la casa donde tiene su escritorio y bicicleta fija para gimnasia. Quiere escapar de ese sonido, no ver, no sentir… abstraerse de la terrible realidad. Sube a la bicicleta y pedalea con todas sus fuerzas, a toda velocidad, como si quisiese escapar muy lejos, y pronto. Siente nostalgia del sur, su lugar sagrado donde soñó terminar sus días. Pero sabe que está siempre en el mismo lugar, en su casa, en su refugio de paz que siente se ha transformado en una espeluznante trampa mortal.

Los días posteriores se convierten en una vorágine de acontecimientos. Pide asesoramiento por todos lados, casi compulsivamente, sin pensar, siente que necesita una solución ya, la ansiedad la carcome. El cielo sigue plomizo pero ya no vuelve a llover. Después de despedir a su hija que al fin puede viajar a la capital y que le pide tranquilidad en su ausencia, se va al kinesiólogo, es su cuarta sección para desanudar la zona cervical donde descarga toda la tensión. La encuentra peor, le comenta lo acontecido… tiene que trabajar bastante para aflojar la tensión acumulada y le dice que le conviene seguir unas secciones más.
Ya en su casa, le pesa el silencio, la terrible soledad que acecha. No se reconoce, no es la persona que siempre disfrutó cada rincón de su casa en soledad, de esos silencios necesarios para crear; ella… un ser amante de la soledad, ahora es un ser diferente, temeroso en su propio hogar.
El nuevo día amanece bastante frío, despierta temprano, abre ventanas, ventila y sale a caminar. El cielo está cubierto pero se nota que el aire cambió y que hará muy buen tiempo en el transcurso del día.
Realiza varios trámites temprano aunque es sábado y la gente tarda más en ponerse en movimiento, en salir del letargo, como en cualquier ciudad pequeña o pueblo de campo. Luego recibe a los albañiles y a su vecino que es maestro mayor de obras y le pidió asesoramiento para encontrar la mejor solución. Ya, en esos dos días ha reunido una docena de opiniones. Ella misma tiene la suya. Pero es la opinión del vecino la que parece más lógica, la acepta, pide presupuesto, en dos días lo tiene, lo acepta, pero… tiene que esperar, esperar que el tiempo cambie, que deje de llover… esperar, esperar. Ella sabe que será difícil, llegó la época de las lluvias, 10 días continuos sin agua ningún pronóstico lo garantiza, es plena primavera, no hay otra opción, esperar, seguir esperando y sufriendo con cada lluvia, rogándole a Dios que sea leve, para que el techo no se deteriore más de lo que ya está. Esperar…

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Llueve… es un caótico diluvio que inunda su mente. Corre de un punto a otro de su casa, mira por todas las ventanas: agua, agua y más agua. Escurre los trapos, cambia la ubicación de los baldes, palanganas y lo que sirva para que las gotera no inunden el piso. Es noche cerrada, imposible permanecer en la cama y dormir. El sonido se amplifica en el silencio total de las calles desiertas, las luces emiten destellos en la cortina de agua, se tapa los oídos y quisiera escapar pero está paralizada. Estar más allá de las nubes, en el cosmos infinito, donde el alma perdura pura y eterna. No bajar nunca más a la tierra, porque ya aprendió y vivió todo lo que tenía que vivir y aprender. El ritmo de su corazón se acelera, se corta la luz y en la oscuridad puede sentir como largos tentáculos gelatinosos que la rodean, la comprimen, la amarran y poco a poco siente que entra en un espacio sin tiempo, sin forma, sin luz, sin color, sin sonido, sin atmósfera. Luego siente  que ese monstruo gelatinoso de agua se autodestruye y entonces, ella visualiza una puerta que al abrirla y cruzarla se despoja de  su cuerpo y entonces, es un ser etéreo que al fin encuentra su lugar.

ETEL CARPI. Primavera lluviosa de 2013







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