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lunes, 30 de diciembre de 2013

CANTATA DEL ABUELO ALGARROBO.

Magnífico poema costumbrista y ecológico escrito por el poeta puntano: Antonio Esteban Agüero, dedicado al Algarrobo Milenario de Merlo. Un magnífico ejemplar de 1.200 años.















                                       Retoño del algarrobo abuelo ( algarrobo blanco)

que se puede ver en el paseo Maidana, camino al Atalaya, centro del parque, en Los Toldos.

                                          
CANTATA  ( FRAGMENTO).

Del libro CAPITÁN DE PÁJAROS. Editado por Asociación cultural Piedra Blanca.San Luis.


Padre y señor del bosque,
abuelo de barbas vegetales,
yo quisiera mi canto como torre
para poder alzarla en tu homenaje;
no el canto pequeño de la flauta
dulce, delgado, suave,
la de cantar la rosa y la muchacha,
sino el canto del mar, un canto grave,
con olores de vida y con el pulso 
musical y viviente de la sangre.
Algarrobo natal. Abuelo mío.
Hace mil años la paloma trajo
la menuda simiente por el aire
y la sembró donde tú estás ahora
sosteniendo la luz en tu ramaje
y la sombra también cuando la noche
en larga lluvia de luceros cae.
Así naciste. Cuando tú crecías
la región era bosque impenetrable,
con oscuros guerreros que danzaban
junto a los fuegos al caer la tarde
y con nombres diaguitas en los ríos,
sobre todas las bestias y las aves,
en cada hierba, sobre cada cerro,
una tierra sin mapas ni ciudades,
donde dioses sedientos presidían
al cortejo y el rito de la sangre
que vertían pintados hechiceros
para aplacar las cóleras solares.
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Así creciste un día y otro día,
hacia abajo y arriba, penetrante,
con las raíces cada vez más hondas
y la copa más alta y dominante,
en crecimiento que fuera dura guerra
sostenida y ganada a cada instante
contra el viento del sur y la sorpresa
del rayo azul y su puñal tajante,
contra el cierzo de julio que traía
los rebaños de nieve trashumantes,
contra la sed en el ardor de enero,
cuando gentes y plantas implorantes
alzan ojos y hojas a las nubes
por si las nubes sus entrañas abren
y la lluvia se vierte generosa
en licor de celestes manantiales.

Pero tú eres lo que ahora miro
Algarrobo natal, Señor y Padre!
Con estos ojos que el amor habita
y los otros secretos de la sangre:
un árbol rey, un árbol solo, el árbol
sin edad en el tiempo y en el aire,
a cuya sombra hace doscientos años
a favor de un designio inescrutable
se fundó mi casona solariega
sobre honrada simiente de linaje.
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Ocres raíces surgen de la tierra
como animales de encrespado lomo,
sosteniendo la torre milenaria
toda construida en material leñoso.

El ramaje se inserta complicado
y se tiende en un gesto poderoso
como brazos que buscan impotentes
una cosa que asir en el contorno.

Viejas ramas que son como tentáculos
de oscuro pulpo, miembros musculosos
de yacente dragón o dinosaurio,
de araña enorme o encantado monstruo.

Yo podría contarlas, si quisiera,
una por una y apagar mis ojos
con la venda y el frío de la cifra,
pero prefiero contemplar gozoso.

Y decir que la sombra que derrama
como lluvia de paz el Algarrobo
puede cubrir una pequeña plaza,
proteger un rebaño numeroso,
cobijar una tropa de carretas,
y un regimiento con vivac y todo.

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Sombra del árbol, transparente sombra,
casi impalpable como un velo fino
o la leve caricia de la nube,
o la queja que fluye en el suspiro,
algo tan puro, delicado y manso
como el sueño de un pájaro dormido
o la entraña del agua en la vertiente
y cuyo elogio me estará prohibido
mientras yo sea nada más que un hombre
y no posea un corazón de mirlo.
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Padre y Señor del bosque
abuelo de barbas vegetales,
Algarrobo natal. Torre del cielo.
Monumento y estatua del follaje,
Hijo del sol y de la tierra unidos.
Corona real para la sien del aire.
Árbol de luz. Espejo de los siglos.
Dios vegetal de corazón fragante.
Así yo quiero terminar la Oda,
asistido por Ángeles del canto:
Algarrobo Natal, Abuelo nuestro.
¡Catedral de los pájaros!.

Antonio Esteban Agüero.

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