CARTA DESDE EL CIELO
1-1-17
Te estoy viendo. Me gusta
observarte porque me llega de lleno tu amor, ese esmero que pones en dejar
bonito el lugar que ustedes eligen para quienes ya no están. Me emociona que
estás en todos los detalles. Igual no estoy ahí, tú lo sabes… pero si eso te
hace feliz, debes seguir tus impulsos, el dictado de tu corazón. La verdad, no
dejas de sorprenderme, porque sé cuál es tu pensamiento sobre esos rituales,
siempre estuviste en contra de ello; tal vez, ahora comprendas un poco mejor el
por qué se hacen. Aunque me inclino a creer que sigues pensando igual pero
inconscientemente necesitas hacerlo para estar bien.
Sé que extrañas (yo también
extraño), las lágrimas inundan tus ojos y poco a poco empañan tu mirada; esos
ojos que en los últimos meses no podía ver porque las sombras me tomaron por
sorpresa. Pero ahora, desde el paraíso azul donde he llegado, puedo ver muy
bien…¡ ah!… aclaro que… ¡GUAU!... veo en colores! Y qué bello es el mundo
aquel, redondo, verde-azul donde viví en blanco y negro.
Te comento que agradezco tus
cuidados, tu preocupación; pero por sobretodo, agradezco tu falta de egoísmo
para soltar mis alas a tiempo, porque la verdad es que yo quería irme para
disfrutar de una vida diferente, que es ésta que tengo ahora, de ángel guardián
de todos tus sueños… y los de ella. Sí… ella… que se negaba a la realidad de mi
partida, y que pudo despedirme bien en el espacio perfecto nuestro de cada día,
sintiendo como una paz dulce y pura nos envolvía, y a mí me conducía entre
nubes de espuma blanca al universo paradisíaco donde estoy ahora, desde donde
las puedo ver… ¡Y EN COLORES!
¿Sabes? Aquí hace frío, es un
frío dulce y acogedor, los cristales de hielo azul forman castillos
monumentales por donde puedo perderme sin miedo a cruzarme con esas bestias
ruidosas que podían aplastarme allá en LA TIERRA. Además, puedo correr como me gusta y estoy genéticamente
preparada para eso; tirando trineos livianos, veloces como el viento, donde voy
transportando cargas de amor y afecto eternos. Disfruto mucho de este frío
magnífico que me contiene y me abraza (igual las extraño), es lo que está en
mis genes y que no sé por qué capricho humano, hemos tenido que abandonar para
satisfacerlos. No creas que me estoy quejando, ¡NO!, fui feliz a tu lado, tuve
trece años de felicidad (otra vez el número 13 que persigue a nuestra familia),
y pude valorar lo que podían darme y a no desear lo que no podían.
Aquí me reencontré con papá,
mamá y hermanos. No te imaginas la felicidad con que me esperaban…
Cuento con todo el tiempo y el
espacio del cosmos para disfrutar del frío; me imagino lo que estarás pensando:
“algún día, yo también terminaré en un lugar así”. Lo deseas porque amas el
frío y amas los aromas y colores del frío.
Tomaste la determinación en el
momento justo, sabías que se avecinaban días de calor extremo, los que me
provocarían un sufrimiento mayor e innecesario. Te costó, lo percibí, pero esa
fragante y fresca tarde de fines de diciembre supe que me estabas mirando para
descubrir el lenguaje de mi cuerpo enfermo y adivinar lo que albergaba mi alma.
Comprendiste el mensaje y te liberaste de la culpa, concediéndome el permiso
para partir. Y no es que no las quería, me hubiera gustado mucho seguir un
tiempo más en esa casa que elegí desde el lejano día de enero que me llevaron
por primera vez para reconocer el lugar. Enseguida lo adopté como propio, y
sentí que pronto iba a ser “mi” hogar. El lugar de crecimiento, de juegos, de
travesuras, compañías agradables, calor, y también momentos de soledad cuando
faltaban y me quedaba a cargo de la
casa. Yo esperaba ansiosa el regreso porque las extrañaba y aunque había
siempre alguien para atenderme, no me gustaba separarme de ustedes.
Pasó el tiempo, y llegó el
momento de abandonar aquel espacio contenedor y volar a éste otro, destino de
los ángeles, desde donde no dejaré de observarlas y cuidarlas.
Otra vez intuyo que vas a
llorar, voy a decirte algo: “no me extrañes porque siempre estaremos juntas”.
Recuerda: “mi felicidad, ahora, es plena. Mi amor fue, es y será incondicional,
porque así es el amor de mi especie”.
“Me siento en plenitud”.
“He cumplido mi misión”.
LAS AMO.
BRISA
RESPUESTA DESDE LA TIERRA
2-1-17
Es verdad que te extraño, es
verdad que me cuesta comprender la razón de por qué las lágrimas están siempre
al acecho, dispuestas a salpicar los colores de los sueños.
Ella me dijo aquella mañana
cuando volvíamos de buscarte ya sabiendo que más tarde o más temprano ibas a
marcharte. Me dijo: “después de esto tendremos que ir a terapia”. Fue muy
extraño nuestro comportamiento de esa mañana al llegar a casa. Decidimos sin
palabras, en un tácito acuerdo, bañarte, limpiar toda la mugre que acumulaste en
ese “horrible” (ahora me doy cuenta, antes no lo creía así) lugar donde te
llevé con la esperanza de que te cuidarían mejor que nosotras. Aquella Navidad
te miré y supe que debía hacerlo. Me equivocaba… cuando regresamos a los dos
días y te vimos, toda sucia y orinada, se nos rompió el corazón.
Ella se sintió culpable por
volverte a dejar. Durante el viaje al radiólogo sintió que abrazaste su pierna,
como un pedido: que deseabas regresar con nosotras, que todo era inútil, que
deseabas dormirte en tu hogar y en nuestra presencia. Con ese lenguaje sin
palabras, que yo no capté porque estaba atenta al manejo del vehículo, nos
decías que sin dudas tus deseos no congeniaban con los nuestros.
Cuando llegamos a casa sin vos,
ella rompió a llorar y yo sentí entonces que me había equivocado nuevamente. De
todas formas, esperar el resultado de los análisis lo podías hacer junto a
nosotras. En tu hogar, tu nido, tu espacio, tu refugio de amor.
Decidimos entonces que al otro
día volveríamos a buscarte para traerte con nosotras cualquiera sea el
resultado de esos análisis. Ya tenías que pasar otra noche más sola y eso nos
pesaba demasiado la conciencia, en ese largo y estrecho bunker sin vida donde
el sol del verano castiga el mosaico desteñido y pestilente y la oscuridad de
la noche cae sobre tu cuerpo con las garras destructoras de la mala muerte. Allí
deambularías sin rumbo porque sabías que ese no era “tu hogar”.
Hoy te pido perdón, me
equivoqué cuando imaginé que podría retenerte un tiempo más, que aquel
“especialista” lograría el milagro de conseguirlo. Hoy creo que lo intentó,
pero no fue suficiente, porque era una misión imposible. Creí estar preparada,
no lo estaba para aceptar que el tiempo límite de vida se había cumplido, a
pesar que todos lo decían y los libros especializados me lo recordaban una y
otra vez. Después de ese año difícil que tuviste que pasar desde que perdiste
la vista, fue como un bonus trak de Dios para nosotras.
El día que volvimos a la ciudad
vecina a buscarte, nos sorprendió en la ruta un amanecer de verano diferente.
Una sutil neblina se levantó para cubrir nuestro camino, añoranzas de un
paisaje otoñal que nos impactó. Esa era la señal…
Para entonces sabíamos que te
traeríamos para morir; ya teníamos el resultado, podíamos comprender lo que te
esperaba. Por eso transitamos los
cuarenta y dos kilómetros en
silencio, sumidas en nuestra tristeza, en el inevitable dolor que teníamos que
vivir. Yo supe enseguida que sin dudas era un aprendizaje que en el transcurso
de mi vida no había experimentado y ese sería el momento de hacerlo. Tenía que
aceptarlo como enseñanza.
Te encontramos algo repuesta y
eso, más las palabras del doctor, nos devolvió momentáneamente las esperanzas.
Viajaste tranquila, relajada, aunque todavía con ese aroma a orines impregnado
en tu cuerpo. Te habían limpiado, pero solo a medias… ambas lo lamentamos
mucho, justo vos, que siempre fuiste tan limpita, tan cuidadosa para no
ensuciarte y ensuciar. Siempre coqueta, perfumada, impecable y seductora. Tus
ojos azules, delineados naturalmente marcaron siempre la diferencia y eran el
imán que atraía todas las miradas.
Llegamos a media mañana y nos
afanamos en bañarte y perfumarte. Ahí fue cuando ella me dijo entre risas y
llanto entremezclados, bajo la luz del sol que comenzaba a filtrarse por las
hojas de las plantas del jardín, mientras la calandria de todos los días emitía
sin cesar sus afinados trinos desde las ramas frondosas del Samohú de la
vereda.
Me dijo: “después de esto
tendremos que hacer terapia”. Era un acto macabro, de humor negro, preparar y
acicalar a un ser vivo para enfrentar en pocas horas, la muerte .No fue un
comportamiento normal y lógico. Pero ocurrió así, como un ritual que nació espontáneamente
(ahora lo sé), con ese sencillo y mágico acto de higiene estábamos compartiendo
la despedida sellando un pacto de amor eterno.
Luego te dimos agua, y sentimos
tanta felicidad al ver cómo la saboreabas. Entonces me animé y te ofrecí dos
pequeños bocaditos de carne que guardé en la heladera con la esperanza de poder
dártelos cuando regresaras a casa. Y grande fue nuestra sorpresa cuando te
observamos comerlos con placer. Tomaste otro poco de agua, cepillé tu pelo que
alguna vez había sido tan brillante y sedoso y ahora se veía opaco y
descolorido. Luego te perfumé. Muy relajada, te acostaste al sol para disfrutar
por última vez de su tibia caricia. Mientras almorzábamos, reímos esperanzadas,
tal vez, el milagro fuera posible.
Cuando nos fuimos a dormir la
siesta de verano, te dejamos dormida a lo largo del escalón de entrada a la
cocina. Disfrutando de la frescura del mármol, como últimamente lo hacías por
el calor. En pocas horas me desperté y levanté presurosa, inquieta, con el
pulso acelerado, estaba librando una batalla interior porque el tiempo pasaba y
tenía que tomar una decisión.
Eran las cuatro de la tarde.
Seguías en el mismo lugar, preparé el mate y tomé unos cuantos sin muchas
ganas, con una pequeña porción de budín. Levantaste la cabeza, y entonces me
acerqué, te ofrecí el último bocadito de carne que recibiste ya sin mucho
entusiasmo.
Esperé, te miraba con los ojos
bañados por el llanto que no podía contener. Volví al interior de la cocina.
Cuando al cabo de un rato te busqué, no estabas. Habías ido a tu cama, te
echaste sobre el colchón y cerraste los ojos que ya no eran azules; eran tan
negros como una noche de tormenta. Acerqué una silla y me quedé a tu lado,
parecías dormir feliz, respirando suavemente. Te hablé, no respondiste… esperé
y ya sin poder evitar el llanto y la sensación de opresión que me dominaba, me
quedé escuchando el lánguido silencio de la tarde calurosa.
Entonces comprendí el mensaje…
y supe que era el momento, que deseabas alcanzar la paz definitiva, para
despertar en el paraíso azul y frío donde me dices que ahora estás.
Ingresé a la cocina, en el
reloj de pared eran las cinco de la tarde. La desperté a ella… y se lo
dije:
“Voy por el veterinario”.
Después… solo hubo tiempo para
llorar.