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"NUNCA ANDES POR EL CAMINO TRAZADO, PUES TE CONDUCIRÁ ÚNICAMENTE HACIA DONDE LOS OTROS FUERON". (Alexander Graham Bell)

viernes, 12 de febrero de 2016

CUENTOS DEL SUR. 2010-2016. Etel Carpi. Cuentos Infantiles.

AVENTURAS DE UN GUANACO TRAVIESO

Había una vez un joven guanaco que Juan José, el
guardafauna de la reserva de Cabo 3 Puntas, había recogido
cuando chulengo (así se les llama a los guanacos
cuando son pequeños). Como el pobre hombre se
encontraba muy solo en un lugar muy alejado, decidió
llevarse al guanaquito para tener un amigo con quien
jugar, conversar y compartir las largas caminatas que
realizaba periódicamente por la extensa reserva, para
proteger a tantas especies animales que allí viven de
los malos cazadores que nunca faltan.
Quico (ese es el nombre que le puso al guanaco) se
crió tan, tan mimoso con los cuidados de Juan José
que no se separaba de él por nada del mundo,
Comía de todo, desde pan y fideos hasta cáscaras
de duraznos y papas. Porque si bien los guanacos comen
pastos y hojas, cuando se crían guachos se acostumbran
a comer de todo.
Salía y entraba de la casa cuando quería y jamás
se acercaba a los grupos de guanacos salvajes que pastoreaban
y ramoneaban en los alrededores de la casa;
se había transformado en un guanaco civilizado.
Pero poco a poco, Quico comenzó a celar de todo
visitante de la reserva (donde llegaba mucha gente de
visita turística), a quienes perseguía sin cansancio y
cuando Juan José se descuidaba... ¡pláfete!, de un pechazo
los hacía rodar por el suelo.
Los desprevenidos turistas salían corriendo por las
lomas vecinas en cuanto lo veían tomar el envión... y
Quico más se entusiasmaba y corría tras ellos; parecía
divertirse con el susto de los pobres visitantes.
Con el paso del tiempo la situación se tornó insostenible
para Juan José porque las quejas llovían y llegaron
a oídos del jefe de los guardafaunas, quien lo
amonestó a deshacerse del guanaco atrevido o sería
destituido de su cargo de centinela de los animales.
Como Juan José se negaba a abandonar al animal,
por quien sentía un gran cariño a pesar de sus desagradables
travesuras, y como el jefe, en el fondo, no
deseaba perder los servicios del que consideraba el mejor
guardafauna de su dotación, decidió por su cuenta
y condenó a Quico al destierro. Así fue como sin pérdida
de tiempo, el desdichado guanaco fue embarcado y
luego liberado en una pequeña isla que se encontraba
a 200 millas de la costa de aquel país.
Cuando Quico quedó solo en la isla, donde no
había ni un guanaco y mucho menos gente para divertirse,
comprendió (porque era muy inteligente) que su
comportamiento en aquella bonita reserva había sido
muy malo y merecía el castigo de esa fría y solitaria
cárcel natural que rodeaba el mar,
Muerto de aburrimiento, de frío y de hambre (porque
allí poco había para comer), pensó que su vida no
duraría mucho tiempo más y llorando de arrepentimiento
pasaba las largas noches en vela y tiritando,
porque el helado viento no cesaba un momento de soplar
y soplar...

–Tengo que encontrar la forma de salir de aquí...
pero… ¿quién me ayudará? –decía tristemente Quico.
–¡Oh sí…! hablaré con los pingüinos que viven en
la isla, quizás conozcan a los pingüinos de Cabo 3 Puntas
y puedan ayudarme.
Resuelto a no perder más tiempo, con la primera
luz del día se dirigió al lugar donde sabía estaban los
hombrecitos de frac.
–Buenos días –los saludó con un brinco–, ¿alguno
de ustedes conoce la reserva de Cabo 3 Puntas?
Los pingüinos se miraron unos a otros y luego respondieron:
–No... ninguno por acá. ¿Y tú quién eres?
–Soy el guanaco Quico. Vivía en Tres Puntas, pero
como me portaba muy mal me enviaron a esta isla, y
yo necesito regresar o moriré.
–¿Hablan de Tres Puntas? –preguntó un pingüino
distinto que llegaba recién desde el mar y alcanzó a escuchar
ese nombre.
–Sí –le contestaron los otros pingüinos–, ¿tú has
estado allí.
–No, yo no. Pero conozco algunos de allí, me he
encontrado con ellos en el mar.
–¡Oh! –saltó Quico entusiasmado–. ¿Y tú podrías
encontrarlos?
–Bueno... no será fácil pero lo intentaré.
Diciendo esto, el pingüino que pertenecía a una
especie distinta de los que en esa isla vivían y que tenía
un coqueto grupo de plumas amarillas en la cabeza, se
internó en el mar para perderse de la vista de Quico y
sus amigos.
Pasaron varios días sin noticias del pingüino de la
pluma amarilla... pero cierto día surgió desde el mar

Les presento al guanaco "Quico", Héctor (su dueño) y Etel, la autora. En una Reserva de Chubut.

con otros pingüinos iguales a los que vivían en la isla.
Cuando éstos lo vieron, varios corrieron a avisarle a
Quico. Para llegar más rápido, palmoteaban con sus
aletas en el suelo, como hacen los pingüinos cuando se
asustan y desean huir.
–¡¡Amigo guanaco!! –le gritaron desde lejos–, han
llegado los visitantes que esperabas.
Y sin pérdida de tiempo se dirigieron a la costa
donde los demás los aguardaban.
–Les presento a mis amigos de Cabo 3 Puntas –dijo
a todos los presentes el pingüino de las plumas amarillas.
–¡Mucho gusto! –contestaron a coro.
–El señor guanaco desea hablarles –dijo volviéndose
a los visitantes.
Y Quico les relató lo sucedido, rogándoles ayuda
para regresar a su hogar.
–Está bien... –dijo uno de los pingüinos que era
muy robusto y elegante– te ayudaremos pero tienes que
prometer que no regresarás a tus andadas.
–Lo prometo, lo prometo –se apresuró a contestar
Quico–… nunca volveré a ser malo con la gente.
–Tendremos que avisar a las orcas, sólo ellas podrán
transportarte hasta la costa. Veremos... habrá
que encontrarlas y convencerlas; tú espéranos que nosotros
nos encargamos de que todo salga bien.
Se despidieron de Quico, quien les deseó mucha
suerte y partieron. Era un grupo muy grande, porque
al pingüino de las plumas amarillas y a los de Cabo 3
Puntas se agregaron varios de la isla, deseosos también
de colaborar.
Después de andar durante unos cuantos días sin
novedades de las orcas, una brumosa mañana avista-
ron un grupo de varios ejemplares no muy lejos de
ellos.
–Amigos –dijo el pingüino que parecía comandar al
grupo–… tendremos que acercarnos con mucha cautela
para asegurarnos que no tienen hambre o correremos
serios riesgos.
–¿Y cómo haremos para llamar su atención? –preguntó
el pingüino de las plumas amarillas.
–¿Qué les parece si nos ponemos a gritar? –propuso
otro.
–Muy bien –dijeron todos juntos– y esperaremos
que ellas se acerquen a nosotros.
Y comenzaron a coro en un trompeteo (sonido que
emiten, muy semejante a la trompeta) que llamó la
atención de las orcas, porque jamás habían escuchado
gritar así a los pingüinos en el mar.
El macho jefe del grupo decidió acercarse a investigar,
mientras los otros más jóvenes, hembras y cachorros,
quedaban a la expectativa.
Cuando los pingüinos lo vieron llegar callaron, y
uno de ellos tomó la iniciativa de hablar con la temible
orca.
–Amiga orca, necesitamos tu ayuda –le dijo desde
cierta distancia, con algún temor de ser atacado.
–¿Qué ocurre? –preguntó la orca.
–En nuestra isla hay un guanaco que fue desterrado
de Cabo 3 Puntas por sus travesuras. Sufre mucho
y está arrepentido. Quiere regresar y nos pidió
ayuda. Y nosotros sabemos que los únicos que podrían
transportarlo hasta la costa son ustedes.
Después de pensar un rato, el gran jefe orca accedió:

–Está bien, ayudaré al desdichado, que ya bastante
castigo ha tenido, a regresar a su hogar. ¿Dónde está?
–Síguenos, que te guiaremos.
Al terminar el parlamento, todas las orcas rodeaban
a los pingüinos y juntos, en alegre excursión, emprendieron
la marcha acuática hacia la lejana isla.
Quico se encontraba en entretenida plática con
sus amigos pingüinos y otros animales marinos como
lobos, elefantes, cormoranes y gaviotas, ya enterados
de los acontecimientos, porque en la pequeña isla
cualquier novedad corría de boca en boca y de pico en
pico. Las peripecias del pobre guanaco se habían convertido
en un acontecimiento y todos los animales se
esforzaban por darle ánimo.
–No te preocupes –le decían–, encontrarán a las
orcas y seguro que no se negarán a ayudarte.
En eso estaban cuando vieron un gran tumulto en
el mar.
–¡¡Allí llegan las orcas!! –gritó un lobo marino desde
el agua, mientras intentaba salir a tierra. Pues los
lobos temen instintivamente a las orcas ya que éstas,
cuando hay escasez de pescado, llegan hasta las costas
para intentar cazar algún lobito desprevenido.
–¡Oh sí! –gritó con su voz ronca un cormorán, emprendiendo
el vuelo para ver mejor; son varias, y también
vienen los pingüinos.
–Vamos a recibirlos –ordenó una gaviota.
Y todos corrieron, volaron o se arrastraron hasta la
costa, incluido Quico, que estaba muy contento pero
algo nervioso por el viaje que le esperaba. No quiso
confesarlo para no parecer cobarde, pero lo cierto que
el mar y las orcas lo asustaban un poco.

–Aquí están las orcas, listas para llevar a Quico a
su hogar –explicó uno de los pingüinos de la expedición
rescate.
–¿Estás preparado? –preguntó el macho jefe desde
el agua, al ver a Quico.
–Sí, sí... –contestó algo titubeante y luego se volvió
a sus amigos para saludarlos y darles las gracias.
–Gracias por todo, espero que siempre me visiten
en Cabo 3 Puntas. Será una gran alegría para mí.
Y se despidió de todos con un alegre relincho. La
orca jefe esperó una gran ola para acercarse a la orilla
y le dijo a Quico que se preparara para de un ágil salto
trepar a su lomo.
Muchos animales decidieron acompañarlo en el
periplo marino; les encantaba la aventura de un viaje
que prometía ser muy divertido. Pero en verdad, no
ocurrió nada especial durante la larga travesía y Quico
llegó feliz y mojado a su añorado hogar. Se despidió de
sus incontables amigos del mar, quienes le prometieron
visitarlo pronto y se encaminó con paso ágil hasta
la casa de Juan José.
Cuando éste lo vio no podía creer que fuese él. Pero
fue tanta la fiesta que le hizo que pronto su incredulidad
desapareció.
Quico relató su aventura en el lenguaje de los guanacos
y le prometió portarse bien con los visitantes de
la reserva.
Y así fue como Quico, el guanaco travieso, se
transformó en el amigo de todos, juguete de niños y
guía de grandes, viviendo feliz y mimado hasta el momento
de su muerte.

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